6 textos para una brevísima aproximación
a la poética de Paúl Benavides.
Ilustraciones del maestro Héctor Hernández
Gato sobre el tejado
En el paso no dado de la noche salvaje,
antes de que la mano humana lo rescatara del mundo,
del lince y de la pantera
y lo conminara a ser espejo de la maldad,
fue Cenn Chaiit, causa de la ruina de Irlanda,
y en su noche mística
felino inconmovible ante la muerte de Buddha.
Ahora sabio inmutable
baja de su pedestal de felino brujo,
augurio del infierno,
y en su juerga maravillosa de sexo y furia,
estornudo del león,
de su lucha a muerte por la gata parda
sobre el techo,
como la diosa Bastet a la serpiente Apofis,
me rescata en su aquelarre del sueño,
párvulo inútil de la muerte.
Gringos
Pesados y paquidérmicos de Óregon,
Montana, Nueva York y California,
blancos como Whitman en bermudas y sandalias,
veteranos barbados de todas las guerras,
flácidos cowboys con la sonrisa de John Wayne
y efisema.
Pasan sus días alrededor de una taza de café
aquí en el trópico,
siempre a la misma hora,
fumando Marlboro rojo,
de la mano de una joven estoica nicaragüense
que los redime de sus males
y de sus prótesis.
Gira un vaporoso mundo
de peyote y mezcalina en sus pupilas,
y en las rancias siderurgias del hollín
el vasodilatador de un dios oculto
y evanescente. (un dios que se dilata, oculto y evanescente.
Como Hemingway en una Habana sin mar,
se pierden entre las calles con huecos
y la anarquía de la aldea,
de la “people get ready” en el bar Escorpio`s.
Buenos, directos, paranoicos,
Walcott, Michael, Steve y Phill
son apenas ballenas moribundas
que cumplen su sentencia de muerte.
Awakening
El que un día derribó las paredes de la casa
y los cercos de sus huertos,
y entre las coordenadas de la muerte
dio el paso al frente.
El que repartió lo que tenía: el pan, el fuego, la casa, su mujer
y calentó sus manos con lo que quedaba del verano.
El que vio directo a los ojos del asesino
para que de él quedara la llama ardiendo
en la noche eterna de la pupila.
El que un día llegó sin ser visto
y se declaró extranjero siendo el mismo.
El que un día frotó la mano en la frente del hijo,
y dejó su calor como única herencia.
Él partió ya de entre los muertos
a la ciudad de los vivos.
Francisco Amiguetti
Niño viejo de cabeza romana
traza una línea de fuego
que viene de su mano a mi ojo,
y fija el crepúsculo, el lábil mineral de la tarde,
la provincia que duerme entre adobes
y el polvo lunar de los caminos.
Animal vivo, sabio de luz renacentista,
o le es ajena el hambre de los parques,
el frío de Buenos Aires sobre la carne del árbol,
la nostalgia de la palabra vernácula en Nuevo México
donde el cobre rojo del otoño,
le quema la pupila.
Niño nostálgico y herido por el aire,
graba la memoria de los troncos con su mano
y oye el canto de los negros
en las riberas del Misisipi
mientras la música le recuerda a Liliam Edwards,
la hija del pastor metodista
que le hablaba de dios.
Niño amoroso de cabeza romana
observa, sueña, se emborracha
y frente al farol noctámbulo de la calle
traza una patria pobre de camisa blanca,
de guarias densas, de estrellas inmóviles,
de pájaros gravitando en la cromoxilografía
en un cielo limpio de aluminio.
Niño de rostro iluso y cabeza romana,
la muerte me ganó el abrazo.
Pero estás en cada pájaro en cada tapia en cada lirio
en cada perro que ladra en la noche galáctica
en cada carreta invisible
que cruza el territorio del sueño.
1
El humo…siempre el humo. Regreso a los venerados campos del humo. Dios se fuga hacia las marismas de la culpa. Huye en la hoguera inacabable del humo. Enciende un holocausto con la punta del otro. Clava su colmillo en la niebla del hueso. Se mueve entre el gusto aristocrático y las asambleas plenarias. Toma plazas, ríos, templos, gargantas, brazos de mujer, cuerpos no nacidos, el futuro y el espanto. Hace suyo lo que se multiplica al infinito en el ojo de la moneda donde crece el mundo. En su brillo está la luz, vibra la vida, canta la muerte.
17
Rompí las razones del miedo. Lo vulneré con un cuerpo solitario y duro. Lo sometí a la temperatura de la carne y lo quemé en el ciclo de la saliva. Penetré en él como un cuchillo a la niebla. Pude precipitarme en los extramuros del deseo y de lo desconocido con todas las batallas de previo perdidas. Ella, venida del ocio y del desasosiego. La hallé con ojos de lince sin sueño. Trashumé por los rincones turbios de su vida. Tomé por asalto su mirada, su piel, una palabra no dicha. Fue mía aquella camarada sin reparos, que hacía el mundo girar en torno al amor y al olvido. Confronté su alma extraviada sin perder un minuto para abolir el terco cerco del deseo: los últimos coletazos del miedo teocrático y su veneno purulento.
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Paul Benavides Vílchez. Sociólogo y escritor. Profesor en la UNA y asesor parlamentario. Tiene escrita la novela “Los Papeles amarillos de Chantal» ( en prensa), “Entre Senos y Reptiles” ( Poesía inédita), «Duelos Desiguales» (2012, EUNED), «Oficio de Ciegos» ( Arboleda, 2014) «Apuntes para un Náufrago» (2018, Letra Maya) y «Áspera Noche» ( 2019, Letra Maya).